
El Bar parece cerrado. No hay nadie en la calle pero una tenue luz en la ventana y unas huellas de botas en la tierra me dicen que puedo pasar a tomar algo y que no voy a estar solo.
Tengo una imagen borrosa, parece un sueño, me digo. No se si el sol esta cayendo o levantando porque la niebla se pierde en mis ojos y en mi recuerdo.
La Rocola gigante, un negro brilloso con bordes dorados, empotrada en una esquina está rodando bajito un blues gris, como silbándolo. Giro la cabeza y veo unas botas, y arriba de ellas, sentado en la mesa, todo el cuerpo, todo el peso de un personaje de historias, pidiendo al mozo una cerveza más.
Me invade un ligero escalofrío, me siento en su mesa y le pregunto: ¿Pensé que te habías ido? Se ríe, el mozo trae la cerveza, él lo mira y le pide una más. Siempre hay que pedir una más, me dice. - Aunque ya pedí bastantes.- Toma un trago y estalla en carcajadas, tiene la riza de un chico.
Las charlas se suceden, el humo de nuestros cigarros imita la niebla de afuera y t
odo se confunde. Frente a mis ojos, todo el peso de un personaje de historias, un artesano de canciones, un héroe, un inmortal. Un árbol enorme, con tanta sabia como para hacer llover un mes entero.

En este momento ya se hizo de noche, hay tantas cervezas en la mesa que ni puedo verle la cara, pero intuyo que le asoma una lagrima. La realidad a veces te golpea, pienso que no puede ser, que no puede ser verdad. En este momento su música entra desde mi cuarto, pienso que es un sueño, parece un sueño, pero al menos puedo verlo, corro las botellas y le pregunto:¿Cuándo te puedo volver a ver?
Siempre te estaré esperando, en el Club del Blues Local.
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